Kenosis
En estos años, quizá desde 2014, no había experimentado un afecto que me tomara por completo. Intentaré explicarme, a ver. Resulta que mi primer amor fue absoluto, una cosa excluyente, digamos, no había lugar para nadie más. Así al inicio, luego vinieron otras dos formas de vincularme, más complejas, más negociadas, donde aprendí a querer desde la afinidad intelectual, desde el construir compartido, incluso desde la apertura a manera de vivir con el vulgo, mejor decir que, en ninguna de esas relaciones desapareció del todo la posibilidad de otrxs, porque siempre hubo fisuras.
Esta última vez fue distinto, porque, imagínense que me encontré con alguien que, en apariencia, reunía lo que antes estaba separado, la cosa de la atracción inmediata y admiración por su manera de pensar, no tuve que aprender a verle bellx; lo fue desde el inicio. Y su discurso, su forma de nombrarse, de posicionarse en el mundo, todo eso reforzó esa maluca atracción.
Pero, como mi primer amor, esa imagen no era consistente. Había una distancia entre lo que decía ser y lo que efectivamente era, y, más importante aún, había una falta de claridad que yo decidí no confrontar a tiempo, ¿por qué?, porque soy menso, ¡no mentiras!, porque el amor es ciego. Se me permitió el afecto, el sentir, se me dio entrada, pero no se me dio verdad, y aún así, permanecí.
Aquí es donde la palabra griega se vuelve precisa, la kenosis (κένωσις), no porque el otro me haya vaciado, claramente no, sino porque yo consentí el vaciamiento. Entiéndase pues, di afecto sin garantía, sin reciprocidad real, sostenido más por lo que imaginaba que por lo que efectivamente estaba ocurriendo, qué mal.
Lo inquietante no es que ese vínculo no haya prosperado, no no no, lo inquietante es lo que dejó en mí, porque el recipiente permanece, o sea mi corazón de pulpo. De tal modo que en ese recipiente ahora hay algo que no estaba antes, a saber, una claridad incómoda. Salí del embotamiento, sí, en el cual estuve durante años, donde todos mis afectos estuvieron mediados, contenidos, casi administrados, porque así soy yo, ya casi parezco una monja, una que administra muy bien. ¡Dios!, o sea, podía entender el amor, explicarlo, analizarlo, pero no necesariamente habitarlo, ¡iu! Y bueno, esta experiencia rompe esa distancia, me recuerda que el conocimiento no inmuniza contra la vivencia.
Tampoco puedo romantizar el amor, el estar abierto no implica estar disponible sin condiciones, siempre las hay. Desde este ángulo, no saber lo que el otro piensa no justifica tolerar la ambigüedad indefinida, no soy capaz de leer la mente, y no tengo por qué hacerlo, aunque sería espectacular leer mentes. Entonces, necesito que las cosas se digan.
No es la sensibilidad recuperada lo que me queda después de este vaciamiento, lo que me queda es una exigencia, y esa es la claridad. Difícil, ¿cierto?, porque el amor puede cegar, sí, pero también revela con cierta precisión que unx está dispuestx a aceptar sin cuestionar. En cualquier caso ahí está el punto que no puedo esquivar, es decir, no fue sólo que me enamoré, ¡lolazo! Fue que en ese enamoramiento suspendí mi propia lucidez, qué humillante, la verdad.
No fue simplemente enamorarme. Fue κένωσις. Y ya, gente, debía organizar ideas, dar chisme y sofocarme en el calor de Riohacha.


Dentro de esa especie de modulación afectiva que tiene, ¿cómo habría que comprender ese proceso emocional en su coherencia interna, es decir, como una depuración del afecto que lo vuelve más lúcido o como un agotamiento que lo vacía de sentido, o como una transformación en la que el vínculo no desaparece sino que cambia radicalmente de registro, y en ese tránsito qué lugar ocupan la ambivalencia, la resistencia, la posible ilusión de control del propio sujeto, usted, sobre lo que en el fondo parece más bien acontecerle que ser decidido?
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