Perder toda expectativa

Hace algunos años empecé a creer que la tristeza producida por la muerte de alguien amado se explicaba principalmente por la ausencia, y pensaba que el dolor nacía del vacío que dejaba la persona al marcharse. Pero ahora, mientras más leo sobre el duelo, mientras más observo mis propias experiencias y las de quienes me rodean, más sospecho que la ausencia es apenas una parte de la historia.

Lo que siento que me hiere cuando alguien desaparece es que sigo esperando algo, aún sabiendo que la persona ya no está. Unx asiste al funeral, observa el ataúd, a veces al muerto, escucha las palabras de despedida y se entiende perfectamente lo que sucede. Aun así el cuerpo, mi cuerpo, parece vivir en otro tiempo, porque el cuerpo que siente sigue esperando, sigue a la espera de escuchar aquella voz, sigue esperando una conversación que ya no ocurrirá.

Es como si una parte de mí no hubiera recibido la noticia. Ahora bien, los estudios contemporáneos sobre el duelo comienzan a mostrar que el cerebro construye modelos internos de las personas significativas, no sólo las recuerda, porque también aprende a predecirlas, el cerebro aprende cómo reaccionan, qué dicen, qué sienten, dónde suelen estar, qué lugar ocupan en nuestra vida cotidiana. De manera más clara, vivimos rodeadxs de estas predicciones afectivas. Y así, de alguna manera amar consiste también en anticipar.

Los modelos internos de un vivo, como yo, no desaparecen cando alguien muere, dado que el sistema afectivo continúa funcionando como si la persona todavía existiera, y es por eso que la experiencia del duelo puede entenderse como una especie de error predictivo permanente, es decir, la realidad informa que alguien ya no está, pero la arquitectura emocional continúa esperando algo más, y entonces aparece el sufrimiento. Lo que queda pendiente de momento es que, cuando un ser querido muere se pierde una estructura completa de expectativas, porque aquello que desaparece no es únicamente un cuerpo, desaparece toda posibilidad asociada a ese cuerpo querido, en suma, desaparece la posibilidad de volver a conversar, desaparece la posibilidad de reconciliarse, desaparece la posibilidad de recibir una aprobación, desaparece la posibilidad de escuchar un consejo, desaparece incluso la posibilidad de seguir ocupando ciertos lugares identitarios. Cuando muere una madre, por ejemplo, no sólo desaparece una persona, en cuanto que también se transforma radicalmente la experiencia de ser hijx.

Cuando muere un hermano se modifica la experiencia de ser hermano, cuando muere un maestro se altera la experiencia de ser discípulo, cuando muere un amigo una parte de la identidad de ese amigo queda suspendida en el aire. Creo que de esta manera unx pude comprender que gran parte del duelo puede describirse mediante una secuencia aparentemente sencilla, a saber, vínculo, expectativa, frustración y tristeza.

El vínculo genera expectativas, sí, y las expectativas organizan la vida, se sigue que la muerte vuelve imposibles esas expectativas, y la imposibilidad permanente produce tristeza. Sea cierto o no, tal vez por eso el dolor del duelo tiene algo de absurdo, pero debe entenderse que no se trata únicamente de recordar el pasado, se trata de seguir proyectando un futuro que ya no puede realizarse.

El sufrimiento es, en buena medida, el dolor de una expectativa imposible, entonces, ¿qué dice la neurobiología sobre esto? Bueno, la neurobiología, al respecto de este fenómeno, dice que las personas que amamos no son únicamente figuras simbólicas, porque precisamente participan activamente en la regulación de nuestro organismo. Pudiera creerse que la presencia de ciertos seres humanos modifica nuestros niveles hormonales y neurotransmisores, y su cercanía se convierte literalmente en una condición de equilibrio fisiológico. Entonces, la oxitocina, por ejemplo, está profundamente vinculada con los procesos de apego y confianza. Luego, cuando una persona significativa para unx desaparece pues se pierde un vínculo psicológico y también se píerde una fuente constante de regulación biológica.

Quizás por eso el duelo se siente físicamente, porque el cuerpo también está de luto. Yo pensaría que cuando unx pierde a alguien es normal que aparezcan alteraciones del sueño, dificultades de concentración, sensación de amenaza, hipervigilancia o incluso síntomas corporales aparentemente inexplicables, porque el organismo entero intenta adaptarse a una nueva realidad.

Algo semejante ocurre con la dopamina, es decir, la cultura popular suele asociarla únicamente con el placer, pero en realidad la dopamina está mucho más relacionada con la expectativa que con la satisfacción, pues participa en los circuitos que a unx lo impulsan a buscar aquello que consideramos valioso. Ahora, lo que me inquiera es que, ¡qué horror que alguien pueda generarnos tanta dopamina!, porque cuando una persona se convierte en el centro de nuestras expectativas afectivas, como un enamorado, o algún familiar, comenzamos a organizar gran parte de nuestra atención alrededor de ella. Y ya unx lee señales de la otra persona, unx interpreta sus silencios, y pues se construyen hipótesis sobre en otro, en sí, imaginamos escenarios.

A veces una mirada basta para alimentar semanas enteras de expectativas, a veces una ausencia basta para producir meses de sufrimiento, ¿no? Entonces, pienso que no es casualidad que el cerebro humano tenga tanta dificultad para abandonar ciertos vínculos. Durante mucho tiempo esos vínculos con un fallecido funcionaron como sistemas de recompensa, de seguridad y de orientación existencial, así que perderlos implica reorganizar una parte considerable de nuestra vida psíquica. De pronto por eso la serotonina me parece tan interesante, porque además diversas investigaciones la relacionan con la regulación emocional, la capacidad de esperar, la tolerancia a la incertidumbre, y bueno, la serotonina parece ayudarle a unx a convivir con aquello que no podemos controlar.

A veces cuando doy clase pienso en que vivimos en una época marcada por la impaciencia, muchas estudiantes crecen en entornos donde la gratificación inmediata parece haberse convertido en una norma cultural, y esperar para ellas resulta cada vez más difícil. Entonces me toca trabajarles el hecho de tolerar la incertidumbre, y así les doy espacio a habitar el no saber que les resulta cada vez más difícil. Además, gran parte de la madurez humana consiste precisamente en aprender a soportar incertidumbres, ¡soporta!

Educar no es transmitir conocimientos y ya, a veces hay que enseñar a esperar, que cuando se cumplan los deseos no siempre unx se sentirá satisfechx. Que hay preguntas que siempre estarán abiertas, que la gente se va y no vuelve y que en sí la vida tiene muchos vínculos que finiquitarán. Enseñar que la realidad jamás coincidirá completamente con nuestras expectativas, y que con los años unx comienza a sospechar que sanar no significa olvidar, o que tampoco significa dejar de amar, y mucho menos significa borrar la memoria de quienes fueron importantes para nosotrxs.

Sanar consiste en algo más difícil.

Sanar es *toma aire* retirar lentamente la expectativa, allí donde la realidad ya no puede responder, porque mientras exista expectativa ésta seguirá existiendo, y una parte de nosotrxs estará esperando frente a una puerta que nunca volverá a abrirse, y quizá el verdadero trabajo del duelo sea precisamente aceptar que algunas puertas cerradas están para siempre y que, aun así, la vida continúa invitándonos a caminar.

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