¿A quién le dedico esta entrada? Será a la muerte

Quizá debería dedicarle esta entrada a alguien, a una persona, a un recuerdo, a alguna fotografía que todavía conservo, a un nombre que aparece de vez en cuando en mi memoria sin que yo lo haya pedido, pero esta vez prefiero dedicársela a la muerte.

¿Qué se le escribe a la muerte? Más allá de un acontecimiento que ocurre al final de la vida, el cadáver, sobre la desaparición definitiva del cuerpo, el momento en que una existencia deja de estar biológicamente presente. Después de estos meses pensando en las nuevas tecnologías del duelo, en los cadáveres digitales, en los límites constitutivos de la existencia y en las diferentes maneras en que una vida continúa apareciendo después de terminar, la muerte se me volvió un concepto MUY extraño.

Siento que me ocurren unas pequeñas muertes antes de mi propia muerte biológica, y no son equivalentes a la muerte en sí, por supuesto, pero tienen algo en común, y es la sensación de ausencia. O sea, hay personas que mueren y dejan de estar en el mundo, como mis abuelos muertos, y hay personas que continúan su camino por las mismas calles, respiran el mismo aire, toman fotos, hablan con otras personas, envejecen, hacen planes, son personas que incluso podrían estar a pocos kilómetros de mí y, sin embargo, ya no forman parte de mi existencia.

Esto último me parece particularmente extraño, porque cuando alguien muere, al menos existe una ruptura que la cultura nos enseña a reconocer. Hay rituales, funerales, cementerios, fotografías, palabras de despedida, una lápida. Hay una fecha. Existe un acontecimiento que permite decir ¡desde aquí esa persona ya no está!

Pero, ¿qué hago cuando nadie ha muerto y, sin embargo, algo terminó? ¿Qué hago cuando dejo de hablarle a alguien? Quizá allí aparece una de las formas más incómodas del duelo, a saber, la muerte de una posibilidad, porque muchas veces no lloré a la persona que perdí, a veces lloré aquello que esperaba que ocurriera con esa persona, como el encuentro que nunca ocurrió o la reconciliación que quedó suspendida. En algunos casos hubo un proyecto y no se mantuvo, y también muere la versión futura de mí mismo que existiría mientras ese vínculo permanecía abierto.

Hay pérdidas donde nuca hubo un cadáver, ¡loco!, pero esto modifica la manera de saber la muerte. A veces una persona sigue viva, pero, por ejemplo, tuve que ponerle fecha de caducidad al lazo, y acá puedo tener un duelo por alguien que todavía está vivo. De pronto por eso algunas ausencias son tan difíciles de elaborar, dígase pues que no hay una última imagen que cierre la historia.

En mi celular tengo muchos cadáveres digitales, sobre todo en fotos, conversaciones, audios y rastros que permanecen en internet después de que alguien se me murió, aunque a veces los vivos sigan produciéndome una especie de presencia póstuma a través de sus datos.

Revisar fotografías antiguas puede ser extraño, desde luego no miro el pasado y entro en contacto con algo que alguna vez fue presente y que ahora existe únicamente como huella, o ceniza. A veces pienso que unx lleva dentro un bosque lleno de cenizas, como dice Amaia en El Relámpago.

Unx se sigue individuando con aquello que lo atraviesa, luego, aquí la muerte adquiere otra dimensión, porque la muerte revela que existir siempre significa estar atravesado por límites y que no se puede conservar todo, es imposible ser simultáneamente todas las personas que podríamos ser.

Una persona puede morir y continuar formando parte de mi existencia, una persona puede estar viva y haber dejado de formar parte de mí.

Yo todavía sigo aquí.

Todavía me queda vida.

Vivir es continuar haciéndose mientras se carga con todo aquello que de una u otra manera ya se murió.

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