El otro de la consola, ¿seré yo?

A veces siento como que la vida es una consola de Poly que ha estado encendida desde siempre, pero sin un manual visible. Me la he pasado pulsando botones y reaccionando a estímulos, acumulando puntos simbólicos, lo que sería prestigio, dinero, afectos, derrotas. Y rara vez me detengo a pensar algo más elemental, y es sobre a qué estoy jugando, ocupando un lugar extraño, bifronte, siendo un personaje dentro de la pantalla y, a la vez, jugador fuera de ella. Nadie me dijo que hay una instancia que decide cómo jugar lo que se me dio. Cuando me identifico por completo con la partida, digamos que vivo los golpe como destino absoluto, cada pérdida como aniquilación, las victoria como una garantía metafísica que no existe.

Epicteto lo pensó con una claridad que hoy me resulta inquietante, pues, en el Enquiridión propone una distinción radical entre lo que depende de nosotros y lo que no, es decir, no controlamos el mapa, ni los enemigos, ni el azar de los eventos, pero sí controlamos la forma en que respondemos. Su célebre advertencia: “No son las cosas las que nos perturban, sino las opiniones que tenemos sobre ellas”, podría leerse como una teoría mínima del joystick, el mundo no se deja reprogramar pero mi interpretación sí.

En las Disertaciones, Epicteto utiliza una metáfora todavía más cercana al lenguaje del juego, la del actor en una obra, o sea, no elegimos el papel, pero sí la manera de interpretarlo. Si me toca un rol breve, lo interpretaré bien, ahora, si me toca uno largo, lo mismo. La verdad es que no está en mis manos decidir el guion, pero sí está en mis manos la dignidad del gesto que yo haga. En términos contemporáneos, no elijo la consola ni el cartucho, pero puedo aprender a jugar con lucidez.

Según el estoicismo la prohairesis, la facultad interior de elección de orientación del juicio que ningún poder externo puede capturar del todo, deja entrever que un jugador auténtico no es quien domina todos los niveles, sino quien conserva su soberanía interna incluso cuando pierde la partida. Háblese ahora de que lo que yo debería hacer en esta economía del control es renunciar a gobernar lo ingobernable para custodiar lo que sí me pertenece. ¿Pero una vida reducida sólo a la disciplina estoica?, siento que corro el riesgo de volverme áspero, ascético, demasiado contenido para esta carne y este deseo... Aquí irrumpe el momento epicúreo como contrapunto necesario, ¿no? Epicuro no negaba el placer, lo pensaba con inteligencia, el placer no como exceso ciego, sino más como ausencia de perturbación, como equilibrio del cuerpo o serenidad del ánimo. En la lógica de la consola, no se trata de sobrevivir al juego, se trata de aprender a disfrutarlo sin quedar esclavizado por él.

El problema es que suelo confundir el hedonismo con consumo compulsivo, y termino buscando placer sin reflexionar, sin medida, sin pausa, como que si el goce fuera un botón que puedo mantener presionado indefinidamente. El resultado no es felicidad, es más como sentirse saturado, hastiado y con ansiedad. Sin embargo, tampoco conviene demonizar mi impulso vital, el goce o el mismísimo deseo de intensidad. No sé, quizá hay algo honesto en afirmar que tengo derecho a disfrutar. Incluso la cultura pop me lo ha formulado, casi como un manifiesto importante del cuerpo que reclama presencia frente a una vida excesivamente normada o culpabilizada. Querer gozar no contradice al estoicismo ni al epicureísmo.

Tal vez la pregunta no sea si debo ser estoicos o hedonistas, sino cómo articulo una manera de ver el juego y que no me destruya como jugador. La respuesta es saber perder sin resentimiento, saber ganar sin soberbia, y gozar sin perderse, saber renunciar sin amargura. La consola no se apaga cuando yo quiero, pero tampoco me absorbe por completo si aprendo a tomar distancia.

Reconocer al otro en la consola, ese jugador que observa, decide, evalúa, es un ejercicio de lucidez. Entonces si acepto que no soy idénticos a mi impulso, ni a mi biografía, ni a mis derrotas, ¿hay un margen de libertad? Quizá la tarea no consista en que deba escapar del juego, es sólo concentrarme en el hecho de aprender a habitarlo con conciencia. Aquí hay que jugar sin ingenuidad metafísica, sin la ilusión de control total, pero sin la renuncia triste al placer de estar vivo. Entre Epicteto y Epicuro, entre la disciplina y el goce, entre la aceptación y el deseo, sólo es abrirse a una idea posible para este tiempo, que dé una forma de jugar sin olvidar nunca que estoy jugando.


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